lunes, 8 de junio de 2009

CEREZAS


CEREZAS

En la pizarra de la cocina dejaste un recordatorio para el día siguiente: “Hay que comprar cerezas”. Y yo me sentí feliz.

Sólo porque existía un espacio vacío en nuestro frutero y éste ocupaba su lugar de siempre en un rincón de la nevera, y esa máquina de frío habitaba en silencio la cocina de esta casa recién pintada en la que hemos compartido las cerezas que faltaban en el recipiente que esperaba en el frigorífico.

Y porque en aquel detalle tan nimio, parecido a tantos otros, de escribir con tu letra redonda algo que anoche faltó en la mesa -aunque nunca lo había pensado y tú ni siquiera lo sospeches- residía el gesto de seguir, de continuar un rumbo que me incluye: nadie se preocupa por la ausencia de unas cerezas en su vida, cuando piensa en arrojar la toalla, en marcharse sin volver el rostro.

Así que aquella frase tan simple que cruzaba la superficie de la pizarra y que a nadie que visitase la casa descubriría nada sobre sus moradores, se convirtió en una de esas señales que dejamos en los libros de cabecera, y nos indican a la noche siguiente la página donde nos quedamos.

(Sé que una marca no me asegura que volverás a por el libro de tu mesilla, pero sí que tenías esa intención al doblar el ángulo de la hoja).

Esta mañana cuando llegaste con el bolso lleno de cerezas y las dejaste junto a las que yo compré al pasar por el mercado, sonreímos pero cada uno lo hizo por una cosa.

A ti te resultó gracioso que los dos nos acordáramos. Yo tan sólo te agradecía que hubieras confirmado el presagio.

Cabos sueltos (2003)

1 comentario:

kawligas dijo...

Grande,Rafa. Eso es vida real al 100%, tan alejado de las imposturas y fantasmadas de los escritores "grandes" (nimios, en realidad).