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martes, 12 de diciembre de 2017
lunes, 13 de marzo de 2017
viernes, 9 de diciembre de 2016
domingo, 7 de agosto de 2016
sábado, 6 de agosto de 2016
sábado, 1 de diciembre de 2012
A LOS QUE AMAN
Al
perderte yo a ti tú y yo hemos perdido:
yo porque tú eras lo que yo más amaba
y tú porque yo era el que te amaba más.
Pero de nosotros dos tú pierdes más que yo:
porque yo podré amar a otras como te amaba a ti
pero a ti no te amarán como te amaba yo.
yo porque tú eras lo que yo más amaba
y tú porque yo era el que te amaba más.
Pero de nosotros dos tú pierdes más que yo:
porque yo podré amar a otras como te amaba a ti
pero a ti no te amarán como te amaba yo.
Ernesto Cardenal
jueves, 2 de febrero de 2012
Wislawa Szymborska
Ha muerto a los 88 años. En 1996 le dieron el Nobel y, como tantos otros, era una gran desconocida para elpúblico. Tuve la suerte de conocer su obra, recogida en su mayoría en "Paisaje con grano de arena". Su poesía cabe en unas 300 páginas, pero nadie, con un lenguaje tan sencillo, tan ligero, tan conciso, pudo hablar más profundamente y a la vez, con más levedad, de la vida. En algún sitio leí que la literatura debe tener levedad como reacción al peso de vivir. Levedad, claro está, sólo aparente. En la poesía de Szymborska, las palabras pesan toneladas, son profundas y consistentes, pero flotan engañosamente ligeras, ausentes de gravedad, para que, como una sémola bien triturada, puedan ser degustadas por las desdentadas encías de la gente normal, los neófitos y diletantes. Es la metafísica vestida de pret a porter. Descanse en paz. Aquí, uno de los poemas que más me gustan de su obra.
NO REQUIERE TÍTULO
Aquí estoy, sentada bajo un árbol,
a orillas de un río,
una mañana soleada.
Es un hecho anodino
que no pasará a la historia.
No es una batalla ni un tratado,
cuyas causas se investigan,
ni el memorable asesinato de un tirano.
Sin embargo, estoy sentada a orillas del río.
Y si estoy aquí,
forzoso es haber llegado de alguna parte,
y antes forzoso fue haber recorrido otros lugares
como los conquistadores de nuevas tierras
antes de subir a bordo de sus navíos.
Incluso un instante fugaz tiene un turbulento pasado,
un viernes anterior a sábado,
un mayo que a junio precede,
y horizontes no menos reales
que los dibujados en los prismáticos de los mariscales.
El árbol es un álamo hace años arraigado.
El río es el Raba que no empezó a fluir ayer.
La senda no anteayer
se abrió entre matorrales.
Antes de disipar las nubes, el viento
hasta aquí las arrastró.
Aunque nada importante sucede en torno a mí,
no es el mundo por eso más pobre en matices,
menos justificable, menos definido
que cuando dependía de las grandes migraciones.
El silencio no solo envuelve conspiraciones.
Y el séquito de causas no solo acompaña subidas a tronos.
No solo los aniversarios de las revoluciones caen,
también las piedras arrojadas al río.
Intrincado y denso es el bordado de las circunstancias.
El pespunte de la hormiga en la hierba.
La hierba cosida a la tierra.
El diseño de la ola enhebrada a un palito.
Así, por obra del azar, soy y miro.
Una mariposa blanca aletea en el aire
con alas que solo a ella pertenecen,
y una sombra sobrevuela mi mano,
la suya, no otra, no de cualquiera.
Ante hechos semejantes me abandona la certeza
de que lo importante
es más importante que lo que no importa.
lunes, 25 de octubre de 2010
LA CARTA

He llegado a Finisterre para olvidar el tiempo de las preguntas,
ése en el que hubiera indagado sobre las mareas,
sobre el particular azul de estas aguas,
y sólo aspiro a ser atravesado por una galerna sin nombre
que suene al rozar a su paso el borde de mis costillas.
Puede que alguno de estos días me asome al vértigo de un acantilado
y, como un científico o un turista, curiosee en sus profundidades,
pero hoy soy un ignorante en las rocas al que no importa el porqué del aire;
una especie de niño a la inversa, más cerca del fin que del principio.
En el punto más occidental de Europa he armado de corazón mi cerebro
y me convierto en un umbral que separa lo incomprensible de dos océanos:
a un lado el intenso Atlántico, al otro el mar que me conforma,
y juro que no daré ni un paso para entender sus tempestades.
Sólo quiero escuchar el simple rugido del agua al romperse
y contar a quien me pregunte que, a pesar del abrigo que llevo,
escucho su idioma desnudo, envuelto en la niebla y la lluvia.
Ya no es momento de preguntas, he cruzado un meridiano;
alcancé el fin de la tierra y un continente queda a mi espalda.
La luz pasa a través de mí, ahora, como por el ojo de una aguja.
Y, a medida que avanza esta línea que leerás dentro de unos días,
pienso que la felicidad es una mujer que recoge conchas en la playa,
fascinada por colores y formas para los que no busca motivos.
Cabos sueltos (versión 2010)
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